Hubo un tiempo en que un insulto era exactamente eso: un insulto. Decirle una ofensa a otra persona implicaba romper el respeto, provocar una discusión o, en el mejor de los casos, terminar una amistad. Hoy, en cambio, pareciera que el idioma ha sufrido una curiosa mutación. Hay quienes ya no distinguen entre un saludo y una agresión verbal.
La escena es casi surrealista. Dos amigos se encuentran en la calle, se sonríen, se abrazan… y el primer intercambio consiste en una colección de palabras que, hace apenas unas décadas, habrían provocado un conflicto inmediato. Lo más llamativo no es que nadie se ofenda, sino que ambos se ríen como si acabaran de intercambiar los más finos cumplidos de la Real Academia Española.
Es como si la cortesía hubiera decidido tomarse vacaciones sin fecha de regreso.
Este fenómeno no es exclusivo de un país. En distintas partes de América Latina, Estados Unidos y Europa pueden encontrarse comunidades digitales donde la agresividad verbal se ha convertido en parte del entretenimiento. Influencers, creadores de contenido y transmisiones en vivo han popularizado un estilo de comunicación basado en la confrontación permanente. Mientras más alto se grita, más se insulta o más escandalosa es una expresión, mayores son las posibilidades de viralizarse.
Las redes sociales tampoco ayudan. Sus algoritmos no premian necesariamente la educación, sino la atención. Y pocas cosas capturan más atención que una discusión cargada de insultos. En consecuencia, muchos terminan creyendo que hablar con agresividad es una estrategia de éxito.
La consecuencia es evidente: la repetición constante desensibiliza. Cuando una palabra ofensiva se escucha cien veces al día, deja de producir el mismo impacto. El oído se acostumbra, la reacción desaparece y el insulto comienza a disfrazarse de lenguaje cotidiano.
Sin embargo, que una conducta se vuelva frecuente no significa que deje de ser perjudicial.
Un niño que crece escuchando ese lenguaje puede llegar a pensar que esa es la forma natural de relacionarse con los demás. Más tarde descubrirá que no todos interpretan esas expresiones como una muestra de confianza. En un empleo, una universidad, una entrevista o una reunión profesional, ese mismo vocabulario puede cerrar puertas antes de que la conversación siquiera comience.
Lo preocupante no es solamente el vocabulario. Es el mensaje que transmite. Cuando el respeto pierde valor, la descalificación ocupa su lugar. Poco a poco, los argumentos dejan de importar y la capacidad de convencer es sustituida por el volumen de la voz o la creatividad del insulto.
Paradójicamente, vivimos en una época donde existen más herramientas para comunicarnos que nunca, pero cada vez resulta más difícil conversar.
No se trata de defender un lenguaje excesivamente formal ni de convertir cada diálogo en una conferencia académica. El humor, la confianza y las expresiones populares forman parte de la riqueza de cualquier cultura. El problema aparece cuando la ofensa deja de ser una excepción y se convierte en la norma.
Quizá el verdadero acto de rebeldía, en estos tiempos, no sea aprender un nuevo insulto, sino demostrar que todavía es posible debatir con firmeza sin perder la educación; discrepar sin humillar; hacer humor sin degradar y, sobre todo, saludar sin necesidad de convertir a la familia del otro en el tema principal de la conversación.
Porque una sociedad no se mide únicamente por la tecnología que utiliza o por la velocidad de su internet. También se mide por la manera en que sus ciudadanos deciden hablarse unos a otros.







































