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Claves para detectar el complejo de inferioridad en los políticos

El autor analiza críticamente la política dominicana desde la psicología, para evidenciar inseguridades estructurales y promover liderazgo maduro basado en resultados e instituciones

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En la ilustración: Roberto Rímoli (Investigador en Comunicación y Psicología). Fuente externa.

El complejo de inferioridad, concepto acuñado por el psicoanalista Alfred Adler, no es solo un problema psicológico individual, sino un fenómeno colectivo que puede impregnar a toda una clase dirigente. En la República Dominicana, gran parte de la conducta política (tanto en el poder como en la oposición) parece estar marcada por una profunda inseguridad histórica y cultural que se disfraza de soberbia, ostentación y agresividad verbal. Reconocer este complejo no es un ejercicio simple ni una psicologización superficial. Más que nada, es una herramienta para entender por qué la política dominicana repite ciclos de autoritarismo light, culto a la personalidad y rechazo visceral a la crítica constructiva.

La primera clave es la obsesión por los símbolos externos de poder. El político dominicano que sufre este complejo no se siente legitimado por sus resultados, sino por la cantidad de escoltas, el tamaño de la jeepeta blindada, la cantidad de relojes Rolex o la cercanía fotográfica con figuras de poder (aunque sean de tercera categoría). Esa necesidad de “verse poderoso” revela precisamente lo contrario: una autoestima frágil que requiere validación constante desde afuera porque no la encuentra dentro.

La segunda clave es el discurso antiimperialista selectivo. Mientras se grita contra el “imperio” en los micrófonos, se mendiga inversión extranjera, se aceptan préstamos del FMI y se envían los hijos a estudiar a universidades estadounidenses (como es el caso de la hija de Xi Jinping, que estudió en Harvard), Rubén Berríos, independentista puertorriqueño también egresado de Harvard, Carlos Dore Cabral (del PCD), quien después de viejo hizo su doctorado en una universidad cristiana estadounidense, y otros casos más de personas de bajo perfil que estaría de más mencionarlos.

Esa contradicción no es hipocresía pura: es un síntoma clásico del colonizado que odia al colonizador, pero necesita de su aprobación. El político dominicano quiere ser visto como “anti-yankee” por su base, pero sueña con viajar a los Estados Unidos o chequearse la salud, como trató de hacer Guarocuya Batista del Villar cuando confrontó problemas con su corazón.

La tercera clave es la incapacidad crónica para aceptar la crítica. En otros países, un escándalo de corrupción genera dimisiones o, al menos, disculpas públicas. En RD genera una contraofensiva de insultos, demandas, descrédito al mensajero y victimización. Esa reacción desproporcionada no es solo arrogancia, es pánico. El complejo de inferioridad hace que cualquier cuestionamiento sea vivido como una confirmación de lo que secretamente se teme: que “no damos la talla”.

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La cuarta clave es el culto al líder carismático y la aversión a las instituciones. Cuando un pueblo y sus élites no confían en su propia capacidad, las instituciones sólidas terminan rindiéndose al hombre fuerte (como es el caso de Maduro). Trujillo, Balaguer, Bosch (en versión mesiánica), Leonel, Hipólito y Danilo han sido, cada uno a su modo, depositarios de esa proyección. El complejo de inferioridad hace que prefiramos un padre autoritario a asumir la adultez colectiva de construir un Estado de derecho impersonal.

La quinta clave es la ridícula sensibilidad ante el qué dirán internacional. Un informe de Transparencia Internacional, una nota de Human Rights Watch o un comentario de un periodista extranjero provocan crisis de gobierno. Mientras tanto, los problemas estructurales (educación, salud, seguridad ciudadana) se abordan con lentitud criminal. Esa hiperreactividad revela que, en el fondo, seguimos midiendo nuestro valor con la regla del otro.

La sexta clave es el uso del lenguaje grandilocuente y vacío. Frases como “la más grande inversión de la historia”, “el gobierno más transparente que ha tenido el país” o “vamos a convertir a la República Dominicana en el Singapur del Caribe” se repiten cada cuatro años sin que nadie se sonroje. Esa inflación verbal: si no podemos ser los mejores en indicadores reales, al menos lo somos en la retórica del allante.

La séptima clave es la persecución obsesiva del reconocimiento extranjero de segunda. Premios comprados en universidades, doctorados de instituciones desconocidas con tal de poner “doctor” delante del nombre, o la contratación de lobbistas en Washington para que hablen bien del país o de nosotros. Es la versión política del niño que lleva a su casa una estrella dorada pegada con cinta adhesiva.

La octava clave es la negación furiosa de la propia historia subordinada. Se exalta la “dominicanidad” mientras se imitan modelos extranjeros en todo: arquitectura, moda, música y formas de gobierno. El complejo de inferioridad necesita un chivo expiatorio para no mirarse al espejo, como en la versión jocosa de Marcio Veloz Maggiolo: “Tiene ausencia de espejo”, que critica a los demás y no percibe su propio comportamiento.

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La novena clave es la incapacidad para reírse de sí mismos. El político dominicano medio considera cualquier chiste sobre su persona como un atentado contra la patria. Esa falta de humor es el sello definitivo del inseguro. Quien está cómodo en su piel puede burlarse de sus defectos; quien no, los defiende con uñas y dientes porque, en el fondo, sabe que el chiste contiene una verdad muy incómoda, como explica Freud.

Décima clave: aquí se cierra el círculo vicioso. El complejo de inferioridad nos impide mirarnos con honestidad en el espejo, nos condena a compararnos solo con quienes están peor y, por lo tanto, nos roba la única posibilidad de superación real: emular a los que están genuinamente mejor. Mientras sigamos celebrando que “somos los menos peores”, nunca seremos realmente buenos en ninguna parte.

Identificar estas claves no es para descalificar a toda una clase política (hay excepciones honrosas), sino para entender que, mientras no enfrentemos colectivamente esa herida profunda —producto de siglos de colonialismo, dictaduras, intervenciones y pobreza—, seguiremos reproduciendo líderes que necesitan aparentar lo que no tienen. La verdadera soberanía empieza por la autoestima nacional, y esa solo se construye con resultados, no con poses.


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Autoría de

Dominicano. Intelectual, Periodista-investigador, Psicólogo clínico y de la comunicación. Actualmente reside en Norteamérica.

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