La mentira política, lejos de ser un solo acto consciente de manipulación, puede entenderse como un fenómeno profundamente en el inconsciente, tanto del emisor como del receptor. Desde una perspectiva psicoanalítica, las dinámicas del poder y la comunicación política están impregnadas de motivaciones, deseos y conflictos que operan más allá de la voluntad deliberada.
Exploramos cómo la mentira política no solo refleja estrategias racionales, sino también impulsos inconscientes que moldean las interacciones entre líderes y sociedades, configurando realidades colectivas.
En el ámbito político, la mentira suele percibirse como una herramienta para consolidar poder, desviar críticas o generar consenso. Sin embargo, el psicoanálisis sugiere que estas falsedades pueden surgir de mecanismos inconscientes como la negación o la racionalización. Un político podría distorsionar la verdad no solo para engañar, sino para proteger su autoimagen o alinear sus acciones con un ideal interno. Por ejemplo, la negación de un fracaso económico podría reflejar un rechazo inconsciente a enfrentar la propia vulnerabilidad, un eco de lo que Sigmund Freud describió como defensa del ego frente a la ansiedad.
Por otro lado, el público no es un mero receptor pasivo de estas mentiras. Desde la perspectiva de lo inconsciente colectivo, las sociedades pueden aceptar o incluso demandar narrativas falsas que les ofrezcan seguridad o coherencia. La idealización de un líder carismático, por ejemplo, puede estar impulsada por un deseo inconsciente de estabilidad en tiempos de incertidumbre. Este fenómeno se asemeja a lo que Wilfred Bion denominó “ilusión grupal”, donde los grupos prefieren ficciones compartidas que refuercen su cohesión antes que enfrentar verdades que resulten disruptivas.
El marco lacaniano ofrece otra capa de análisis. En el “orden simbólico”, la mentira política actúa como un discurso que estructura la realidad social, ocultando lo que Jacques Lacan llamó “lo Real”, aquello que escapa a la simbolización. Un político que promete soluciones utópicas no solo manipula, sino que responde a una demanda colectiva de significados que llenen el vacío existencial. La mentira, en este sentido, se convierte en un pacto implícito: el líder ofrece una narrativa tranquilizadora, y el público no hace más que aceptarla para evitar confrontar la complejidad del mundo.
La interacción entre el emisor y el receptor de la mentira política también puede interpretarse como una danza de deseos inconscientes. Slavoj Žižek, por ejemplo, arguye que las mentiras políticas son efectivas porque refuerzan ideologías que estructuran el “goce” colectivo, es decir, la satisfacción inconsciente derivada de mantener ciertas ficciones. Un caso paradigmático es el uso de la polarización: al demonizar a un “otro” (grupo social o ideología opuesta), el político canaliza ansiedades colectivas, creando una narrativa que satisface más emocionalmente que la verdad.
Sin embargo, esta dinámica no está exenta de riesgos. Cuando los embustes políticos se acumulan, el tejido de confianza social puede erosionarse, generando cinismo o desafección. Desde lo inconsciente, esto puede traducirse en una ruptura del pacto simbólico, dejando al descubierto el “Real” lacaniano: la realidad cruda que la mentira buscaba ocultar. Crisis como escándalos de corrupción o promesas incumplidas pueden detonar esta fractura, forzando a la sociedad a enfrentar lo que reprimía.
La mentira política, entonces, no es solo un problema ético, sino un síntoma de dinámicas psicológicas más profundas. Comprenderla desde lo inconsciente permite desentrañar cómo los deseos, temores y defensas movilizan tanto a los líderes como a sus seguidores. Este enfoque no exime de responsabilidad a quienes mienten, pero sí ilumina por qué estas falsedades resuenan y persisten en el imaginario colectivo, incluso cuando son evidentes.
Abordar la mentira política como un problema de lo inconsciente invita a repensar la política no solo como un campo, un juego de poder, sino como un espacio donde se entrecruzan los deseos, narrativas y realidades reprimidas. Para contrarrestar sus efectos, es crucial fomentar una reflexión crítica que desvele estos mecanismos, promoviendo una ciudadanía consciente de sus propios impulsos inconscientes. Solo así se podría construir un diálogo político más auténtico, menos vulnerable a las seducciones de la mentira.
La mentira política y el inconsciente colectivo
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La mentira política no solo responde a cálculo estratégico: también emerge de mecanismos inconscientes compartidos por líderes y ciudadanía.
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Las sociedades pueden aceptar narrativas falsas si estas ofrecen seguridad, identidad o coherencia en contextos de incertidumbre.
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Fortalecer el pensamiento crítico y la conciencia sobre estos impulsos es clave para un diálogo político más honesto.
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