Hay imágenes que deberían servir para algo más que alimentar las redes sociales durante unas horas. Lo ocurrido la noche del jueves en los accesos del Estadio Olímpico Félix Sánchez, antes del partido entre República Dominicana y Haití, pertenece a esa categoría. Hubo empujones, aglomeraciones, accesos congestionados y puertas forzadas en medio de una multitud que intentaba ingresar a un encuentro cuyas boletas estaban agotadas.
Algunos reportes periodísticos también hablaron de heridos leves y de personas sin entradas que lograron penetrar al recinto. No estamos ante una simple anécdota futbolística. Estamos ante una advertencia.
Quizás porque esta vez no terminamos contando cadáveres resulte tentador reducirlo todo a “cosas que pasan cuando hay mucha gente”. Ese es precisamente el error. Las grandes tragedias provocadas por aglomeraciones casi nunca comienzan pareciendo grandes tragedias. Comienzan con una fila que deja de avanzar, una puerta que no abre, un filtro demasiado lento, cien personas empujando desde atrás sin saber qué sucede diez metros más adelante y alguien convencido de que aquello todavía está “bajo control”. Hasta que deja de estarlo.

El problema de una multitud comprimida es que llega un momento en que la voluntad individual importa muy poco. No hace falta que miles de personas decidan correr ni que exista una estampida de película. Cuando aumenta demasiado la densidad, una persona puede quedar atrapada entre otras sin capacidad para avanzar, retroceder o incluso expandir adecuadamente el pecho para respirar.
Por eso la gestión moderna de multitudes presta tanta atención a los accesos, la circulación interna, las vías de salida, la capacidad disponible y los planes de emergencia. La norma internacional ISO 22353:2026 insiste precisamente en planificar todas esas fases, desde el ingreso hasta la evacuación.
Cuando la multitud deja de ser controlable
Y no estamos hablando de riesgos teóricos inventados en una oficina con aire acondicionado. América Latina posee suficientes cicatrices como para saber qué ocurre cuando se juntan demasiadas personas, entradas deficientemente administradas y controles que colapsan. El 16 de octubre de 1996, el entonces estadio Mateo Flores de Guatemala fue escenario de una de las peores tragedias del fútbol continental. La cifra oficial terminó situándose en 83 fallecidos. Las investigaciones y reportes de la época señalaron entre los factores principales el exceso de público y la circulación de miles de entradas falsificadas. Un partido de clasificación mundialista terminó convertido en una enorme morgue improvisada sobre la pista del estadio.
Veintisiete años después, la región volvió a recibir la misma lección. El 20 de mayo de 2023, doce personas murieron durante una aglomeración en uno de los accesos del Estadio Cuscatlán, en El Salvador, antes del partido entre Alianza y FAS. Protección Civil informó entonces que miles de aficionados se concentraron en una zona de entrada y que el ingreso avanzaba lentamente. Una de las cuestiones examinadas después fue por qué solo se mantenía habilitado uno de los accesos mientras aumentaba la presión humana en el exterior. Cuando finalmente cedió el portón, aquello dejó de ser una fila y se convirtió en una emergencia.
La seguridad no puede depender de la suerte
Las circunstancias de cada caso son distintas y sería irresponsable afirmar que Santo Domingo estuvo necesariamente a segundos de repetir aquellas tragedias. Pero sería igualmente irresponsable mirar las imágenes del Olímpico y concluir que aquí no pasó nada porque al final se jugó el partido, Haití ganó 4-1 y todos seguimos con nuestras vidas. El marcador pertenece al deporte. Las puertas forzadas pertenecen a otro departamento bastante menos divertido.
Además, existe una costumbre peligrosa de trasladar toda la responsabilidad al público. Si alguien empuja, que es un “fanático”; si una puerta cae, que fue culpa de “los revoltosos”; si cientos se desesperan, que la gente “no sabe comportarse”. Claro que cada ciudadano responde por su conducta y entrar por la fuerza a un recinto no puede justificarse. Pero una operación de seguridad seria se diseña precisamente suponiendo que habrá impaciencia, retrasos, personas sin entradas, intentos de colarse, discusiones y momentos de presión. Si el plan funciona únicamente cuando veinte mil personas se comportan como estudiantes de un colegio suizo haciendo fila para entrar a la biblioteca, entonces quizás no era un gran plan.
Había razones de sobra para anticipar una asistencia excepcional. Las entradas estaban agotadas antes del encuentro y el partido tenía una importancia deportiva evidente para ambas selecciones. Los organizadores habían previsto la apertura de puertas varias horas antes y distintos accesos peatonales hacia el complejo. Eso demuestra que la multitud no cayó del cielo sin avisar. La convocatoria era conocida. Precisamente por eso corresponde revisar qué falló entre el plan escrito y lo que finalmente ocurrió en determinadas entradas.
Esa revisión tampoco debería limitarse a determinar quién rompió una puerta. Hay preguntas más útiles. ¿Cuántas personas podían procesarse por minuto en cada acceso? ¿Existía suficiente separación entre quienes tenían entradas válidas y quienes intentaban ingresar sin ellas? ¿Los controles de boletos estaban dimensionados para la demanda real? ¿Había corredores capaces de absorber una acumulación repentina? ¿Quién tenía autoridad para abrir accesos adicionales o modificar el flujo cuando comenzara la congestión? ¿Existía comunicación entre seguridad privada, organizadores y fuerzas públicas? Es ahí donde se distingue un protocolo de seguridad de un documento bonito guardado en una carpeta.
Incluso la investigación académica reciente sobre el ingreso a estadios apunta en esa dirección. Un estudio publicado este año sobre flujos de entrada en el estadio San Mamés analizó precisamente cómo diferentes protocolos de acceso modifican las concentraciones y los tiempos de ingreso durante eventos de alta asistencia. La enseñanza es bastante sencilla: una multitud no se administra cuando ya está apretada contra una puerta; se administra mucho antes, diseñando cómo llegará, dónde esperará, a qué velocidad será procesada y qué alternativas existirán cuando aparezca un cuello de botella.
El Estadio Olímpico Félix Sánchez es uno de los principales escenarios deportivos y de espectáculos de la República Dominicana. También acaba de recibir inversiones importantes asociadas a los Juegos Centroamericanos y del Caribe de 2026. La infraestructura, por tanto, tiene que ir acompañada de una cultura operativa a la misma altura. Podemos instalar asientos nuevos, remodelar áreas y presentar instalaciones modernas; pero la verdadera prueba de un estadio abarrotado no está solamente en cómo luce cuando las cámaras enfocan el terreno. Está en cómo entran y salen veinte mil o treinta mil personas sin que nadie tenga que encomendarse al santo de su preferencia.
También conviene evitar que el episodio derive en discusiones nacionales o en acusaciones colectivas contra dominicanos o haitianos. Los reportes disponibles describen participación de aficionados de ambas nacionalidades en medio de los empujones, mientras algunas informaciones atribuyen a grupos específicos el forzamiento de accesos. Determinar responsabilidades individuales corresponde a las investigaciones y a las autoridades, no a la nacionalidad que aparece en un pasaporte. El asunto central sigue siendo otro: una instalación que recibe una multitud debe estar preparada para impedir que la conducta de unos cuantos termine poniendo en peligro a miles.
Prevenir antes de lamentar
Lo ocurrido debe aprovecharse ahora, precisamente porque todavía estamos a tiempo de corregir sin tener que hacerlo después de una tragedia. Cada puerta forzada, cada embudo humano y cada persona aplastada contra una verja debe tratarse como información operativa. Hay que estudiar videos, calcular densidades, revisar horarios de apertura, auditar los sistemas de validación de entradas, identificar puntos de estrangulamiento y establecer claramente cuándo deben abrirse rutas alternativas. La prevención suele ser aburrida. No produce titulares espectaculares ni videos virales. Pero tiene una extraordinaria virtud: mantiene viva a la gente.
Salir un jueves o un domingo a ver fútbol no debería exigir valentía. Tampoco debería convertirse en una prueba de supervivencia para una familia que compró sus entradas y llegó a disfrutar de un espectáculo. Una persona debe poder entrar, sentarse, gritar un gol, discutir con el árbitro desde cincuenta metros como manda la tradición y regresar a su casa. Eso es todo.
Esta vez tuvimos una advertencia. Conviene escucharla. Porque entre una noche de fútbol que termina con fotografías, cornetas y celebraciones y otra que termina con ambulancias, zapatos abandonados y familias buscando desesperadamente a los suyos puede haber apenas una puerta, unos cuantos metros de pasillo y varios minutos de malas decisiones. La diferencia entre diversión y tragedia, cuando miles de personas empujan en la misma dirección, puede ser mucho más pequeña de lo que queremos creer.






