SANTO DOMINGO — Lo que el Gobierno esperaba vender como un relanzamiento administrativo tras los recientes cambios en el gabinete terminó abriendo una grieta política de alto voltaje dentro del Partido Revolucionario Moderno (PRM). Las críticas públicas del presidente de la Cámara de Diputados, Alfredo Pacheco, y del expresidente Hipólito Mejía han destapado un malestar que venía acumulándose en silencio: la percepción de que la base partidaria está siendo desplazada por funcionarios “recién llegados” sin compromiso político ni trayectoria en el partido.
Un reclamo que rompe la disciplina interna
Desde el Congreso, Pacheco decidió cruzar una línea poco habitual en la política dominicana: cuestionar públicamente a sectores del propio Gobierno. Lo hizo sin rodeos y asumiendo costos. Denunció una “ola de cancelaciones” contra militantes históricos del PRM para dar paso (según sus palabras) a “arribistas” y “oportunistas” que se presentan como indispensables ante el poder de turno.
El legislador citó casos concretos, incluyendo despidos masivos en la Dirección General de Impuestos Internos, tras la llegada de nuevas autoridades, y situaciones similares en otras dependencias del Estado. El mensaje fue claro: no se trata solo de eficiencia administrativa, sino de respeto a la estructura política que sostuvo el proyecto gubernamental.
Hipólito Mejía: la voz del partido tradicional
Las declaraciones de Pacheco no quedaron aisladas. El expresidente Mejía reforzó el argumento desde una óptica más amplia y casi doctrinal: cada vez que se designa un nuevo incumbente, se repite la práctica de “barrer” con el personal para colocar allegados. Para Mejía, ese patrón erosiona la moral partidaria y rompe un principio básico de lealtad política.
En clave conservadora (más de oficio que de estridencia) el exmandatario recordó que los partidos no se sostienen solo con técnicos, sino con gente que caminó, defendió votos y asumió costos cuando gobernar no era cómodo.
Abinader, entre la técnica y la política
El conflicto deja al presidente Luis Abinader en una posición incómoda, pero conocida en cualquier administración moderna. De un lado, la apuesta por profesionalizar el Estado, reducir improvisaciones y elevar estándares de gestión. Del otro, una estructura partidaria que siente que el éxito electoral no se está traduciendo en reconocimiento ni estabilidad.
El dilema no es menor. Con el reloj político avanzando hacia el ciclo preelectoral de 2028, la desconexión entre Gobierno y base partidaria puede convertirse en un pasivo estratégico. Sin militancia motivada, la defensa del proyecto se debilita; sin gestión eficiente, el discurso de cambio pierde credibilidad.
Más que una queja, una advertencia
Detrás del ruido hay un mensaje de fondo: gobernar solo con técnicos puede ser tan riesgoso como gobernar solo con políticos. El equilibrio es el verdadero activo. La crisis de los “compañeritos” no es una pataleta interna; es una señal temprana de desgaste que, si no se gestiona con inteligencia política y sentido institucional, puede escalar.
En el tablero del poder, el PRM enfrenta una decisión clásica pero incómoda: corregir a tiempo y recomponer puentes, o minimizar el reclamo y asumir el costo más adelante. La historia política dominicana sugiere que ignorar a la base casi nunca sale barato.
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